- la cita
"Jesús dijo además: «Escuchen esta comparación del Reino de Dios. Un hombre esparce la semilla en la tierra, y ya duerma o esté despierto, sea de noche o de día, la semilla brota y crece, sin que él sepa cómo. La tierra da fruto por sí misma: primero la hierba, luego la espiga, y por último la espiga se llena de granos. Y cuando el grano está maduro, se le mete la hoz, pues ha llegado el tiempo de la cosecha.» Jesús les dijo también: «¿A qué se parece el Reino de Dios? ¿Con qué comparación lo podríamos expresar? Es semejante a una semilla de mostaza; al sembrarla, es la más pequeña de todas las semillas que se echan en la tierra, pero una vez sembrada, crece y se hace más grande que todas las plantas del huerto y sus ramas se hacen tan grandes, que los pájaros del cielo buscan refugio bajo su sombra.» Jesús usaba muchas parábolas como éstas para anunciar la Palabra, adaptándose a la capacidad de la gente. No les decía nada sin usar parábolas, pero a sus discípulos se lo explicaba todo en privado".
Marcos (4,26-34)
- Parábolas de crecimiento
Son tres las parábolas presentadas por Marcos que conforman una unidad: la del sembrador -con su explicación incluida- (cf. Marcos 4,3-20), de la semilla (Marcos 4,26-29) y la semilla de mostaza (Marcos 4,30-32). Nos toca escribir brevemente sobre estas dos últimas.
A estas parábolas se las conoce como "parábolas del crecimiento", y se refieren concretamente al Reino de Dios. Esto está expresado en el inicio común: "El Reino de Dios se parece a", "Escuchen esta comparación del Reino de Dios" o "¿a qué se parece el Reino de Dios?". Si Jesús había dicho que el Reino ya estaba entre nosotros –no entre nosotros, entre los hombres de su tiempo, en todo caso- (cf. Lucas 17,21), con estas parábolas busca dejar en claro que el Reino está pero de manera germinal, y que habrá un tiempo de espera, de desarrollo, de crecimiento, antes de su consumación total.
- la semilla es pequeña, crece sola y será inmensa
En la primera parábola, Jesús quiere decirnos que el Reino de Dios llegará de manera misteriosa, por acción de Dios, sin intervención del hombre. Jesús quiere que centremos nuestra atención en la semilla y su proceso inexplicable (para los judíos del siglo I) de crecimiento. Corremos un riesgo inútil si convertimos la parábola en alegoría y pretendemos convencernos de que el sembrador es Dios, la semilla su palabra y la Iglesia es el grano. A Jesús no le interesan ni el sembrador, ni la tierra; a Jesús le interesa el progreso y la transformación, en silencio, sin ruido, de la semilla. De esa manera, el Reino de Dios llegará indefectiblemente y el hombre no podrá hacer algo para apurarlo ni para detenerlo.
La semilla de la mostaza es pequeña, insignificante (se plantaba para condimento y su semilla tenía de diámetro 1,6 mm), y cuando llega a su completo desarrollo logra alcanzar los tres o cuatro metros de altura. El Antiguo Testamento simbolizaba así a los grandes y poderosos reinos de la antigüedad (cf. Dan 4,9.18; Ez 17,23). El Reino de Dios será igual, sus comienzos serán humildes y sencillos, pero terminará manifestándose de forma gloriosa y universal.
Hay una cosa clara entre los estudiosos del Jesús histórico: Jesús vivió para proclamar el Reino de Dios. Es una de las grandes diferencias entre el Jesús de la historia y el Cristo de la fe. Mientras que el Jesucristo de Pablo centra su importancia en la muerte y la resurrección como gestos de salvación universal, el Jesús histórico concentra todo su ser y toda su energía en anunciar el Reino de Dios. Y estas parábolas fueron dichas, sin duda, por Jesús; se recogieron de la tradición más primitiva y aún podemos hallar en ellas la grandeza de su mensaje original.
Me gustaría compartirles una sencilla interpretación que, sobre ellas, hace el teólogo alemán, premio Nobel de la Paz, Albert Schweitzer:
“Esas parábolas no se hallan destinadas de ninguna manera a ser explicadas y comprendidas. Deben atraer la atención de los auditorios acerca del hecho de que en las cosas del Reino de Dios se prepara un misterio análogo a aquél del cual se es testigo en la naturaleza. Son señales. Así como la cosecha sucede a la siembra sin que nadie pueda decir cómo ha ocurrido, del mismo modo, a continuación de la predicación de Jesús, el Reino de Dios aparecerá en potencia. Por modesto que sea el círculo reunido en torno de él, comparado con la inmensidad del Reino de Dios, es sin embargo seguro que éste llegará como consecuencia de esa renovación moral, por limitada que sea. No es menos cierto que el grano sembrado, que dormita bajo tierra en momentos en que Jesús está hablando, surgirá y dará una cosecha espléndida” (Schweitzer 1967).
dibujo de cerezo barredo
- para que los hombres no se metan
Jesús habla en parábolas para acomodar su discurso al nivel de entendimiento de su auditorio (vv.33 y 34a). Pero esto no garantiza la total comprensión de su mensaje, el que no quiere oír simplemente no oirá. Jesús necesita asegurar tal comprensión en sus discípulos (v.34b), y con seguridad, también en otros que estaban cerca. En tiempos de Jesús todos esperaban el Reino de Dios: zelotes, fariseos, saduceos y esenios. El contexto político religioso convulsionado del siglo I en Palestina condicionó de manera particular las expectativas y las acciones de cada una de las facciones religiosas del judaísmo, como bien lo explica el teólogo nicaragüense Jorge Pixley:
“Para los zelotes era la hora de tomar las armas contra la fuerza romana para traer al Reino de Dios en el cual el Templo y su personal ya no estuviesen sujetos a la aprobación y la fuerza impositiva de los incrédulos. En el otro extremo, los saduceos no esperaban activamente el Reino y se contentaban con mantener como mejor podían el culto al Templo con la ayuda de las autoridades romanas. Los esenios, como zelotes, estaban listos para tomar las armas por el Reino pero se habían retirado al desierto en espera del tiempo oportuno, considerando que el Templo estaba en manos ilegítimas. Durante la rebelión del 66 al 70 se unieron a los rebeldes y fueron exterminados. Los fariseos también consideraban que para que llegara el Reino de Dios hacía falta acabar con el domino pagano y restaurar la autonomía del Templo. Sin embargo, no habían hecho una ruptura abierta con el sistema ni se habían lanzado a la guerrilla. En las sinagogas se dedicaban al estudio de las profecías y a la orientación de la vida de las masas” (Pixley 1977).
Todos procuraban de alguna manera “colaborar” con la instauración de ese Reino. ¿Estaría Jesús diciéndoles a estos grupos religiosos que el Reino de Dios vendrá solo y sin ayuda, como las semillas de sus parábolas? ¿Habría pensado Jesús que Dios actuaría por sí mismo para instaurar su Reino sin participación humana?
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Publicado: 2015-06-14
Escrito por
Enrique Mesías
Compositor, cantautor y músico. A veces, maestro de escuela. Desenterrar al Jesús histórico es mi pasión desconocida. www.enriquemesias.com
Publicado en
Notsrí socavado
Reflexiones sobre el origen de los textos evangélicos. Ciencia e historia. Quienes quieran leer doctrina que vayan a misa.